Huyendo de mi mismo encontre el paraiso ansiado. Me acogieron las calles y aún no estando mi sombra esta. En los zocalos, en los aleros de tejados planos. En la Ciudad Roja. En la puerta azul y en la blanca. En el nido de cigüeñas. En el datil caoba. En las aguas secas de río sin cauces de ausencias. En ojos que atrapan con miradas seductoras. En la tos cacofonica que se escapa de un balcón en una noche calurosa. En una darbuka que suena, entre otras. En un paseo que ameneciendo, mas que paseo es sueño. En los bancos del parque desierto, que aún conservan vivas la sombras de un amor clandestino. En la huida eterna del yo, desvanecido en parades rojas. Encontre el paraiso ansiado, un poco mas alla, de mi olvido. Del olvido de mi mismo, que tan solo es sombra en la canicula, obvia, de una noche sin estaciones intermedias sin mañana sin tarde, solo noche.
Amando siempre, paraisos ansiados donde diluir, mi doloroso yo.
Perdido en la Mellah, vagando como siempre, atrapando el tiempo entre retinas.
Ella y de rojo.
La segui por unos metros, foto en mano, como quien trata de robarle a la ciudad su secreto.
Ella y de rojo. Danzaba su cintura con sus pasos. Mecia la calle de cadera a cadera, cimbreaba elocuencias. Innata su elegancia de princesa, vestida de rojo no era un sueño.
Hasta en el duro bregar cotidiano, sus brazos cansados, cesto con naranjas, reina era, ella mujer y de rojo.
Al doblar una esquina un zaguan de azulejos la robo.
Pero su vestido rojo aun seguia danzando en solitario calle abajo, derramando a su paso, caminando, el poder todo de una sultana presa, en el cuerpo hermoso de una esclava.
En una esquina del café reposa senitud. Escribe en el mármol desgastado clavados los ojos en ausencia, con palabras que son nostalgia. Anhela aún, vuelos de halcón planeando a pesar del tiempo pasado que marchita sus sienes. Ayer era aún ayer, restaban menos los días pasados, sumaban los por venir, tiempo de espera y sueños.
Danzan las blanquinegras fichas del dominó, en las mesas vecinas.Rito conjurado para aburridos ahuyenta soledades. Desfilan rostros sin cesar, él permanece. Sin puertas, el local se abre a la Plaza se cruzan presente y pasado ante sus ojos, todo se va puerta afuera.. a la Plaza. En la asamblea de los muertos, esta vez es él protagonista.
Diluída gota seré en el río rojo. Minutos de calma en que habitaré. Dejar de ser yo y ser acequia roja. Sentirme pez nadando, gorrión bajo palmera, perro callejero, una ventana abierta, ojos que devoran el paisaje y aire, aire libre en calles y plazas, en oscuros callejones y grandes avenidas. Cántaro hacia la fuente, abeja libando miel. Aire, aire al fin y al cabo aire seré en saguia al hamra.
Dolor certero, cuando miro los ojos de aquel ciego, y a su espalda la luz brilla en silencios.
No hay esquinas cerradas, en ellas se complace habitando lo difuso. Ni pasos camuflados, ni puertas entreabiertas, hay eso si, discretas celosías que protegen el desnudo de miradas ladronas.
Hay sombras, con matices. Rayo de sol, serpiente en la fachada, gota de pintura descarriada que ocre quiso ser y es solo rosa desvaido. Besa la luz, lugares cotidianos aquí la puerta blanca, mas allá el salón de oscuros verdes, rojos sobre sienas, amarillos delicados sobre azules de Prusia.
Azafrán que reverbera, hoja esmeralda de menta piperita, nadando complacida, en el oro del te.
Es luz, amanecer resplandeciente, de frescor pleno, repliega la palmera alas verdes, se dobla sobre si, el banco en platas. Luna no ciega. Cleptómano me vuelvo de deseo atrapo entre mis manos, todo un sueño, lo hago suyo hecho palabras, presente construido a reflejos, a golpe de pincel que no censura.
Se lo regalo al ciego, mientras la luz se acomada, entre su pelo..